He tenido la fortuna de ejercer varias de las vocaciones que descubrí a lo largo de mi vida. Desde niño quise ser cantautor y la música me ha acompañado siempre. También me apasionó tempranamente el periodismo, aunque solo pude incursionar en él después de los treinta años. Más adelante llegaron el derecho y la docencia, profesiones que me han permitido dedicar buena parte de mi existencia a combatir las injusticias y compartir conocimientos.
No me arrepiento de haber deambulado entre estas actividades, pero debo confesar que hoy me preocupa profundamente el deterioro ético que observo en una parte del periodismo colombiano.
Tuve la fortuna de cursar una maestría en periodismo en la Universidad del Rosario, donde aprendí principios que considero irrenunciables: verificar la información, contrastar las fuentes, diferenciar los hechos de las opiniones y comprender que una entrevista no puede convertirse en un escenario donde el periodista renuncie a preguntar.
Ahora bien, parece que algunos colegas han terminado confundiendo el periodismo con el activismo político. Una cosa es tener posiciones ideológicas, algo perfectamente legítimo, y otra muy distinta permitir que esas convicciones sustituyan el rigor que exige el oficio.
En estos días hemos presenciado entrevistas en las que se formulan acusaciones gravísimas contra personas públicas. Algunas provienen de antiguos colaboradores, funcionarios o allegados que dicen conocer secretos comprometedores. El problema no consiste en escucharlos ni en publicar sus denuncias, sino en que el entrevistador se conforme con recibirlas sin exigir precisiones, confrontar versiones o preguntar por las pruebas.
Un periodista no tiene que esperar una sentencia judicial para investigar una denuncia. Pero tampoco puede convertir una afirmación, por escandalosa que resulte, en una verdad demostrada. Entre denunciar y condenar existe una distancia que el buen periodismo está obligado a respetar.
Por fortuna, también encontramos ejemplos de un ejercicio más cuidadoso. Lastimosamente creo que están haciendo mejor periodismo los medios regionales que los nacionales.
Esa diferencia, que parecería elemental, es precisamente la que separa el periodismo de investigación del espectáculo mediático.
Como si esto fuera poco, hemos llegado al extremo de presentar como noticia sospechosa que un profesional vinculado al gobierno anterior continúe prestando sus servicios al Estado. Hace poco, un importante periódico destacó que un abogado de la administración pasada había terminado «colado» en una entidad del nuevo gobierno.
Me pregunto: ¿desde cuándo haber trabajado para un presidente constituye una inhabilidad para servir al siguiente? ¿Acaso la experiencia profesional pierde su valor cada cuatro años? Otra cosa sería demostrar irregularidades en la contratación, incumplimiento de requisitos o conflictos de intereses. Eso sí merece investigación.
El periodismo debe vigilar al poder, cualquiera que sea su orientación política, pero no convertirse en instrumento para perseguir a quienes piensan distinto. Tampoco puede renunciar a la presunción de inocencia ni promover linchamientos mediáticos que destruyan reputaciones antes de que las acusaciones hayan sido suficientemente contrastadas.
Y que nadie interprete estas reflexiones como una defensa de una determinada corriente política. Los periodistas que confunden la información con la militancia se encuentran en la derecha, en la izquierda y también en el centro.
Cuando el periodista deja de buscar la verdad para dedicarse a confirmar sus propias preferencias, no importa desde qué orilla lo haga: ahí perdimos el norte.
COLOFÓN: Dos periodistas, uno de izquierda y otro de derecha, mostraron versiones opuestas de las marchas del 14 de octubre. Para uno fueron multitudinarias; para el otro, apenas asistieron unos cuantos. Cada cual escogió el ángulo de la fotografía que mejor respaldaba su relato. Al parecer, ahora las multitudes no dependen de cuántos marchan, sino de quién toma la foto.
Por: Jorge Naín Ruiz Ditta
